Si tomamos a la poesía por ser el género literario en el cual se manifiesta la belleza o el sentimiento estético por medio de la palabra, ora en verso, ora en prosa, podremos reparar que es menester del poeta, de todo verdadero poeta poseer la capacidad de sentir, tener contacto, palpar la belleza que existe y le ofrece la vida (el universo, el mundo circundante, la naturaleza), y si además tomamos a la belleza por ser la propiedad de las cosas que hace amarlas infundiendo en nosotros deleite espiritual, me atreveré a sugerir -tal vez erradamente, porque no me creo dueño de la verdad, pero sí dueño, al menos eso siento, de mi corazón y por ende de mis sentimientos- que no hay forma de que el poeta si sinceramente cree en su alma en la poesía esté desvinculado en su interior, en su conciencia del sentimiento de amor. Es decir que un escritor de poesía que no ame verdaderamente a alguien o que alguien no lo ame verdaderamente (y no me refiero al amor por un padre, un hijo, un ideal, un pueblo, un dios, un territorio, etc., sino sólo al sentimiento de amor que se profesa cuando se estima el bienestar del ser amado tanto o aun más que el propio) nunca podrá ser considerado un verdadero poeta. Porque solamente a través de los ojos del que conoce y ha vivido el amor por el ser amado o el amor del que lo ama puede el interlocutor verdaderamente enterarse de que la belleza en realidad no es una quimera, otra invención más de los hombres, sino que esta forma parte de la realidad práctica y tangible porque se la puede concretamente apercibir, no obstante que los sentimientos no se pueden ver ni tocar, pero como existen verdaderamente su presencia es tan auténtica al igual que lo es el mundo circundante, el universo, la naturaleza, la vida misma. El individuo que autoriza en su corazón la guía del sentimiento de amor queda con el tiempo imbuido por una emoción de carácter positiva, constructiva, que lo conecta con su entorno. En conclusión, la existencia del amor no es una fantasía de los hombres como tampoco lo es la existencia del bien y del mal; la existencia del amor es tan patente como lo es la penumbra en el amanecer y como el hecho de que si el sol no existiera todo lo demás que integra el sistema solar asimismo tampoco existiría en absoluto.
El justo amor es una fuerza (energía) que produce con el tiempo en el individuo que se encuentra influenciado por este sentimiento que genera belleza en el alma del que vive la experiencia la necesidad de ser bueno (honesto, respetuoso, humilde, solidario, moderado, etc.), porque sólo siendo bueno puede uno hacer que perdure y madure este sentimiento. Pero en este caso se trata solamente de aquella belleza que es fruto de un sincero sentimiento de cariño y buen afecto hacia una persona físicamente presente en la vida de uno y de cuya personalidad uno se siente sin proponérselo intensamente atraído, pero en un sentido de que el individuo que honestamente ama a alguien igualmente y por la influencia de ese mismo sentimiento desea el bienestar de la persona amada y, como consecuencia de la proporcionalidad de la intensidad de este anhelo lucha en el tiempo por mantener, perdurar, madurar dicha influencia (sentimiento, energía) dentro de su persona. Es decir en otras palabras más concretas que esta energía provoca en el corazón, en la personalidad de dicho individuo con el tiempo y merced al dinamismo de su pugna una sensación auténtica de responsabilidad, un desprendido compromiso de querer compartir, por efecto de haber escogido el luchar por mantener siempre viva en su alma la fuerza del amor, que es la energía que originalmente fue inspirada por ese sentimiento de belleza hacia aquella persona amada, a pesar de las adversidades y dificultades que se hayan presentado y las que se pudieren presentar en el camino, más que todo durante las peligrosamente críticas etapas cuando uno indefectiblemente entra en conflicto con uno mismo y/o con sus propios deseos, aspiraciones, metas.
Cuando esta energía de amor es real, verdadera, auténtica, el sujeto se descubre sumergido bajo la poderosa influencia de un genuino sentimiento de bondad (armonía, unidad, agradecimiento, humildad, libertad, respeto, equilibrio, necesidad de entregar con la intención de cuidar la vida tanto de la persona amada y lo que a ella concierne cuanto, y gracias a esta persona, a todo lo que hay en la vida -el mundo circundante, el universo, la naturaleza-) no sólo con respecto a sí mismo (o sea el poder llegar a sentirse bien con uno mismo, generar la necesidad de cuidar la salud tanto física como espiritual de uno para poder elevar la autoestima -la que de paso encuentro importante resaltar que no es lo mismo que la vanidad-, etc.), sino también con respecto a la relación de uno con su entorno. De este sentimiento de belleza puede, si se lucha por ello, surgir, nacer el amor por esta persona merced al ejercicio cotidiano del aprendizaje del arte de la sinceridad, la honestidad, el desprendimiento, la solidaridad, la templanza, el balance, la justicia, la humildad, etc., que son los sentimientos que, si llegan a fortalecerse, coadyuvan a que la fuerza del amor que la inspiró inicialmente aquella persona amada pero que al mismo tiempo y no obstante de ello causa bastante conflicto dentro de uno no desaparezca del alma de uno. Es decir que el sentimiento de amor (el sentir sinceramente belleza en el alma de uno provocado originalmente por la existencia y la manera de ser de aquella persona amada) permanecerá en el tiempo ajeno a su corazón si el individuo no practica, no aprende a ser bueno: verdadero, justo, auténtico, íntegro, honesto, equilibrado, responsable, leal. Si decide darle la espalada al bien o al lado bueno o positivo de su ser tampoco podrá, como resultado de su falta de sensibilidad (conexión o vinculación con su entorno) -no importa cuanto lo niegue- llegar a amar verdaderamente a otra persona (cuidar del bienestar de la persona amada), ni así se encuentre unido a ella por lazo familiar. Es decir, podrá tener una familia, mas no podrá amarla (cuidar de su bienestar) debido a que no habita en su alma la práctica del bien: el aprendizaje del arte del respeto, la justica, la humildad, el balance, la honestidad, la moderación, etc.
Como conclusión de lo expuesto pretendo sentenciar que, para mí, la poesía no es otra cosa que el canto al sentimiento de belleza que plasma el poeta gracias a que en su corazón reside el amor, lo que de paso es una respuesta al misterio de por qué vivimos y el sentido de la vida. Porque sólo el que ha escogido mantener el sentimiento de amor en su alma es el único que puede sentir la vida en su belleza suprema y el que ha escogido el bien en su camino de vida es el único que pude llegar a conquistar la sabiduría; además el amor no puede de ningún modo estar desconectado del bien. O sea que la persona que ha rechazado el bien en su camino de vida jamás podrá llegar a mantener en el tiempo el sentimiento de amor en su corazón. Por consiguiente, el verdadero poeta puede plasmar en los sentidos de otros y de una manera simple y comprensible, aunque subjetiva, el sentimiento de belleza que ha vivido.
Muchas gracias por su tiempo al que haya tenido el interés de terminar de leer este enunciado.
Ciudad de Machala, a sábado 7 de marzo de 2009.
Provincia de El Oro, República de Ecuador.
Por: Milton Alberto Borja Gallegos.
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