Tenemos que saber sin ninguna duda que la verdad
realmente existe, y que esta no es relativa o está sujeta bajo ningún aspecto a
lo que de ella se piense.
Por esta razón casi todos los miembros de los
sectores urbanos podemos con toda confianza hacer uso de los semáforos, porque
todos vemos y deducimos de lo que vemos lo mismo, y así podemos todos aquellos
que vivimos en las ciudades transitar -si respetamos debidamente las leyes- por
nuestras calles de una forma segura tanto para nosotros mismos como para todos los
demás.
A propósito, se considera verdadero e irrefutable
que vivir sanos es mejor y más conveniente que vivir enfermos.
La práctica cotidiana y consciente del bien
(honestidad, solidaridad, respeto, humildad, templanza, ecuanimidad,
perseverancia, fe, lealtad, etc.) trae con el tiempo la salud y el bienestar a
nuestras vidas. La ausencia de la práctica cotidiana y consciente del bien en
nuestras vidas nos arrastra inevitablemente hacia la enfermedad y la
consiguiente extinción.
Sólo con sincero amor reinando en nuestros corazones
se puede efectivamente conseguir la habilidad y la disposición de cotidiana y
conscientemente poder practicar el bien, llenando con su práctica la rutina de
nuestras existencias.
La alegría (lo agradable), al igual que la tristeza
(lo doloroso), es un estado de ánimo. La alegría y la tristeza son energías
circunstanciales. Uno NO las escoge por voluntad.
En cambio, la felicidad (lo constructivo, lo vital),
al igual que la vileza (lo destructivo, lo tóxico), es una opción de vida. La
felicidad y la vileza son energías voluntarias, porque uno por propia voluntad las
escoge.
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